Todos queremos mejorar nuestra vida para llegar a ver el rostro de nuestro Señor. En nuestro peregrinar aquí, enfrentamos una lucha diaria contra el pecado que nos acecha constantemente. Sin embargo, sabemos que somos más que vencedores en Cristo Jesús. El mundo lucha con sus propias fuerzas, persiguiendo logros y éxitos pero tendrán un fin porque todo quedará acá. Afortunadamente, todo es por medio de Él y para Él, para su gloria y no por nuestros propios méritos. Finalmente veremos su rostro y tendremos el descanso que siempre hemos esperado; ser libres de nosotros mismos. Libres de nuestra naturaleza pecaminosa.
Hoy te voy a hablar tres cosas que van en camino opuesto al propósito y que pueden interferir en el provocando que te quedes paralizado o a medio camino. ¿A quién no le ha costado recuperarse después de una situación exigente en la vida y pararse de nuevo?. Cuando veo en mi propia vida que he perdido el tiempo en cosas que me ha costado superar me digo a mí misma «¿De nuevo, cuánto tiempo te vas a demorar en esto que te ha costado tanto superar?» Pero al mismo tiempo me digo «Apúrate, reacciona rápido y trata de salir de esto pronto». Tú decides. Si te quedas poco o mucho tiempo ahí, si vas a ser eficiente o no. Cuando nuestra vida se repite en las mismas circunstancias y permanecemos mucho tiempo en lo mismo, nos encontramos en una encrucijada: «me levanto o no me levanto». En el proceso de sobrepensar las cosas, el tiempo pasa, los años pasan, y perdemos años preciosos de nuestra vida. En lugar de sumar a nuestro entorno o a quienes nos rodean, terminamos restando.
Son tres cosas que se han metido en nuestras iglesias, en nuestra vida diaria y nuestro propósito puede ser entorpecido por ellas:
La idolatría por nuestro tiempo libre. Para muchos de nosotros nuestro tiempo libre es tan importante que si alguien interfiere en el nos molesta: «es que iba a descansar» «es que quería dormir» «es que iba a salir» o lo que sea. Para muchos su tiempo libre es algo valioso e intocable.
Para aquellos que no me conocen vengo de una iglesia pentecostal, las iglesias pentecostales por lo general están saturadas de actividades durante toda la semana; reuniones de oración, intersección, vigilias, reunión de mujeres, hombres, etc. Recuerdo que en esos años había un grupo de mujeres, “Dorcas”, para las cuales no existía el cansancio, no importaba la hora para ir a orar, si habían vigilias o cadenas de oración, no importaba el frío, si no ir a la batalla que teníamos en ese momento. La profundidad de aquellos actos no era la queja, si no ir en contra de nosotros mismos. Dónde íbamos estaban estas mujeres… y ¡mayores!, mujeres de 70 y 80 años. Para ellas no existía esta idolatría por el tiempo libre que tú y yo tenemos y que cuidamos como un tesoro precioso. Nuestro tiempo libre no nos pertenece. Es del propósito. Porque el propósito me puede decir anda a ver a tal hermano, haz esto o ve a orar. Nuestro tiempo libre es del Señor. Si guardas tu tiempo libre como ídolo diciendo: «yo no puedo ir en este horario» «no puedo ir en este momento» lo más probable es que el propósito no se cumpla.
Descansar en nuestra propia opinión. Viene cuando nos apoyamos en nuestra propia opinión.
«Confía en el Señor con todo tu corazón; no dependas de tu propio entendimiento. Busca su voluntad en todo lo que hagas, y él te mostrará cuál camino tomar. No te dejes impresionar por tu propia sabiduría. En cambio, teme al Señor y aléjate del mal. Entonces dará salud a tu cuerpo y fortaleza a tus huesos».
Proverbios 3:5-8
Cuando hacemos las cosas bien y nuestra vida se basa en la palabra de Dios, las cosas suceden y funcionan de manera distinta. Creernos sabios en nuestra propia opinión implica escuchar y obedecer nuestra voz interior, nuestra conciencia. La conciencia nos dice qué hacer o qué decir, y muchas veces le damos más importancia a ella que al consejo de Dios, obedeciéndola más, haciéndonos sabios en nuestra propia opinión.
La palabra dice: «no dependas de tu propio entendimiento» que en realidad significa «no descanses en tu propio entendimiento». Tú descansas en tu opinión cuando te obedeces a ti mismo. Descansas en lo que estabas pensando cuando tomas una decisión fuera del consejo de Dios y vas hacia donde tú quieres. Pero a la vuelta de la decisión te darás cuenta que te fue mal y que no debiste haber hecho tal cosa, haber tenido tal conversación o lo que sea en lo que hayas tropezado. Es peligrosa nuestra voz interior y nos lleva a más equivocaciones que a aciertos. Ser una persona asertiva depende de cada uno de nosotros y para ello tenemos la palabra de Dios que nos ayuda a diferenciar si estamos haciendo lo correcto o no. No hay más fuentes. No descanses en tu opinión, tenemos un Dios que nos habla y que todo el tiempo quiere una comunión con nosotros. Debemos vivir atentos para que nuestras decisiones y acciones sean guiadas y filtradas por la palabra de Dios y su consejo. Para que nuestra vida tome el rumbo correcto y no perdamos más el tiempo.
Tenemos tres estados a la hora de reaccionar ante un acontecimiento; con una mente racional, con una mente sabia o con una mente impulsiva. ¿Por cual seremos manejados? ¿Por una mente impulsiva?¿Por la razón?… Que a veces es muy cuadrada y se cree sabia en su propia opinión. ¿O con una mente sabia? Que no viene de ti sino del carácter de Cristo y su Espíritu Santo en ti. No escuches más tu conciencia, escucha al Espíritu Santo.
Una vida de constante ego. A la iglesia también le importa la admiración y mucho. En ella se batalla contra esto pero igual nos gusta. ¿Sabes por qué? Porque no todos tienen su estima sana en Cristo, por lo tanto, necesitamos ser validados todo el tiempo por otros: «¡Qué lindo te ves! «¡Qué bien estás!» «¡Qué bien predicaste!» «¡Qué buen trabajo!»… necesitamos el aplauso para validar áreas rotas en nuestra vida. Pensamientos que no van para ningún lado pero que nos hacen sentir mejor por un momento. Nadie dimensiona el peso que el ego puede hacer en el hombre, querer la admiración y validación de nuestros actos.
Para combatir el ego debemos vivir como vivió Cristo, siendo mansos y humilde de corazón. Cristo no andaba jactándose lo buen amigo, lo buen hijo o lo buen salvador que iba a ser. ¡No!. Su deber hasta los 30 años lo cumplió en completo silencio; buen hijo, buen hermano, buen trabajador. Así que no esperemos más admiración por aquellas cosas que son nuestro deber, porque no es más que ego. Siendo buenos hijos de Dios, buenos hermanos en Cristo, honrando a nuestros padres, siendo buenos trabajadores, mostramos a Cristo con esa excelencia. El mundo solo busca agradarse a sí mismo, pero nosotros que tenemos su luz y su entendimiento seamos como nuestro Señor que es manso y humilde.
Una persona humilde es aquella que sabe mucho, hace mucho, tiene muchos talentos, es muy eficaz y muy asertivo humanamente hablando pero no se jacta de lo bueno que es o hace. Cristo podría haberse jactado de todo lo bueno y excelente que es – y tenía toda la facultad para hacerlo porque era el hijo de Dios, omnipotente y sublime- pero no lo hizo. ¿Cómo podemos saber cuando un hombre está lejos de Dios? cuando habla mucho de sí mismo. Pero si le encanta hablar del único que merece ser nombrado, Jesús, está en el camino correcto. El corazón egocéntrico es desequilibrado porque se levanta a sí mismo queriendo estar en el lugar que le pertenece a Dios. No podemos desear estar sentados en el asiento del Rey, solamente Jesucristo puede estar. Un corazón humilde no da lugar al ego, al orgullo y a la arrogancia porque reconoce que todo proviene de Dios.
“Pues ustedes, mis hermanos, han sido llamados a vivir en libertad; pero no usen esa libertad para satisfacer los deseos de la naturaleza pecaminosa. Al contrario, usen la libertad para servirse unos a otros por amor.” Gálatas 5:13 NTV
La libertad que nos damos para arrojarnos a nuestra propia opinión, a nuestro ego, para cuidar nuestro tiempo libre -el cual no nos pertenece- vendrá en desmedro del propósito y entorpecemos la maravillosa obra de nuestro Señor. Imitemos aquellas mujeres que te mencione.
En nuestra relación con Dios él nos suma, nos da su carácter y a su Hijo, pero tú tienes que restar todo el tiempo de ti mismo. No tienes aporte en esto. No hay mérito propio. Nosotros restamos, él suma. Y ¿Por qué te restas? Porque no tienes que poner nada de ti. El mundo todo el tiempo nos enseña el valor de las capacidades humanas, de cuánto eres capaz, pero aun las habilidades que posee el hombre son creación de nuestro Dios, por lo tanto, la gloria la tiene él todo el tiempo.
Tenemos un potencial activo y grande en ser más torpes que asertivos.
No sé si tú evalúas tu crecimiento, yo lo hago, y qué difícil es restarse a uno mismo para que Cristo viva en uno y así vivir la vida buena y abundante que él desea. Restarse a uno mismo es una batalla continua, que probablemente en momentos, ante el propósito de Dios sea cansador. Pero ahí opera la oración del justo que puede mucho, nos da ánimo pronto y nos permite continuar. No hay otra manera de ganar esta batalla. No se puede.
Debemos tener una vida efectiva ante el propósito que nos dio nuestro Señor, una vida que no pierde el tiempo, que gana y que continuamente se levanta si se equivoca, porque la realidad es que nos moriremos batallando con nuestras equivocaciones…. no parece muy bonito el panorama ¿verdad?. Pero moriremos luchando la batalla correcta, no viviremos estáticos, ni estériles, sino con un propósito a cumplir.
Estamos aquí para batallar de la mejor manera y lo más efectiva posible.
No cuides tanto tu tiempo libre, no descanses en ti, tu opinión no es más fuerte que la de nuestro Señor. No necesitas la valoración de nadie, su Sangre ya te dio el valor. No necesitas sentirte admirado para sentirte mejor, la única forma de sentirte mejor es en su Presencia. Después de meditar todo esto por un buen tiempo, cada vez que termino mis oraciones hay una canción que resuena en mi interior:
«Feliz cantando, alegre
él cuida de mi
si Él cuida de las aves
cuidará también de mi»
Ese es mi Señor y también el tuyo.


