Estamos en la cuarta semana de nuestra serie de mensajes SAT. Una serie de requisitos que Dios nos pide y que estaremos profundizando por algunas semanas. Si bien, son requisitos que debemos cumplir para el Señor, sabemos que no podemos hacerlo en nuestras fuerzas. La semana pasada hablamos un poco sobre la santidad y hoy seguiremos profundizando en ella.
La santidad debe ser orgánica en la vida de un creyente, en otras palabras, la santidad debería estar integrada en su naturaleza. Esto es muy difícil, como seres humanos es imposible que podamos producir santidad. Hubo santidad en un comienzo, pero se perdió cuando el vínculo entre el hombre y Dios se quebró debido a la desobediencia de este. En la caída, el hombre fue apartado de la santidad de Dios.
Una línea sacrificial
En la línea sacrificial hubieron hombres antes de Jesús que eran un tipo de Jesús, hombres que hicieron cosas parecidas o similares a las que Jesucristo iba hacer en algún momento, porque no solo Jesucristo se sacrificó por nosotros. Por ejemplo, Noé fue un hombre tipo Jesús que Dios usó para salvar a una generación en un tiempo específico. Luego de Noé, también vino Abraham, Moisés y una serie de profetas, jueces y reyes, que sufrieron mucho por hacer la voluntad de Dios y que incluso mataron.
Pero cuando a Dios se le acabaron los jueces, los profetas y reyes, no le quedó otra opción que enviar el último recurso que existía para llevar a cabo la salvación del hombre. Este era Cristo. Aunque el plan original siempre fue que el Hijo de Dios viniera a morir por el
Jesucristo al dar su vida por nosotros consumó la obra redentora y nos dio al Espíritu Santo, la única persona capaz de hacernos santos
pecado de todos los hombres, de todas maneras, él agotó todos los recursos para demostrar que lo único efectivo era enviar a su Hijo. Siempre digo que el cielo se vació cuando Jesús vino a salvarnos. Después de él, a Dios no le quedó nadie más que pudiera salvar a la humanidad. Jesucristo al dar su vida por nosotros consumó la obra redentora y nos dio al Espíritu Santo, la única persona capaz de hacernos santos.
Un ayudador
«Y yo le pediré al Padre, y él les dará otro Abogado Defensor, quien estará con ustedes para siempre. Me refiero al Espíritu Santo, quien guía a toda la verdad. El mundo no puede recibirlo porque no lo busca ni lo reconoce; pero ustedes sí lo conocen, porque ahora él vive con ustedes y después estará en ustedes» (Jn 14:16-17).
Hace unos días Amanda, mi hija menor, me preguntó: «Papi, ¿quién es el Espíritu Santo?». Amanda tiene 11 años, ha sido educada en la iglesia respecto a muchas cosas relacionadas a la educación espiritual de un niño cristiano. Sin embargo, ella no sabía quién era el Espíritu Santo. ¿Has conversado con tus hijos sobre estas cosas? ¿Les has explicado cómo está compuesto Dios o quién es Dios en su naturaleza?.
Él es el poder ejecutivo de Dios, quien realiza todo en nosotros y por nosotros
El Espíritu Santo es el Espíritu de Dios, algunos teólogos dicen que es una persona de Dios, así como si tú fueras 3 personas a la vez; tres Juanitos o tres Pedritos.
El Padre, Hijo y Espíritu Santo son uno en esencia pero con funciones y jerarquías distintas (Jn 14:1-28). El Espíritu Santo es la tercera manifestación de la naturaleza viva y divina de Dios. Él es el poder ejecutivo de Dios, quien realiza todo en nosotros y por nosotros. El Espíritu Santo es la persona de Dios que hoy está pastoreando la iglesia. Jesucristo dijo: «me voy, pero volveré a ustedes» (Jn 14:28). ¿Está Cristo con nosotros? No está. Él está en la forma del Espíritu Santo, pero él como Cristo Jesús ya no está con nosotros. Quién está con nosotros es el Espíritu Santo y eso las escrituras lo dejan claro (Jn 14:16, Jn 16:7). Ahora, sabemos que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son uno.
Pero para explicárselo a un niño o para que lo entendamos fácil, el Espíritu Santo es el carácter de Dios. Cuando Cristo muere y nos da al Espíritu Santo lo que nos dio de Dios es su personalidad y su carácter. En otras palabras, la esencia misma de un Dios santo y justo. Cuando Dios derramó el Espíritu Santo sobre la iglesia, derramó su justicia y santidad.
Dualidad en el interior
Las escrituras nos llaman «nuevos nacidos» (Tito 3:5) porque hemos nacido a una nueva vida: la vida en el Espíritu. Ahora, nuestra naturaleza actual es dual, una pecaminosa y una del Espíritu (Ga 5:16). De ahora en adelante, dos naturalezas se manifestaran todos los días de nuestra vida y una lucha constante entre las obras de la carne y las del Espíritu nos acompañarán hasta que Cristo venga.
Tener al Espíritu Santo es una de las cosas más exquisitas e incómodas que puede tener una persona dentro de su vida. Las escrituras declaran que el Espíritu Santo nunca nos dejará hacer lo que nuestra naturaleza pecaminosa prefiere, se opondrá a los deseos
Dios sabe que hay un tiempo de adaptación. Nadie puede controlar el crecimiento en una persona
pecaminosos de nuestro corazón día y noche, semana tras semana, hasta el último día de nuestra vida. Él controla nuestras emociones y sentimientos. Sin ir más lejos, el mismo apóstol Pablo muchas veces manifestó desespero, angustia, por causa de la lucha que había en su interior a causa de ambas naturaleza (Rm 7:14-25). Los cristianos muchas veces tenemos una idea equivocada de lo que es la santidad, pensamos que la santidad es un toque casi mágico que va producir en nosotros instantáneamente sólo buenos deseos y pura buena onda en las cosas del Señor, pero no es así. Hay un tiempo crítico en la vida del cristiano, cuando es injertado en la naturaleza divina, donde cuesta muchísimo que dé fruto. Pero Dios, quien nos conoce sabe esto, nosotros somos los que estamos apurados. Dios sabe que hay un tiempo de adaptación. Nadie puede controlar el crecimiento en una persona, solo Dios sabe lo que está pasando en la vida de una persona.
Creer que un día llegaremos a ser santos es una falsedad, solo llevará al cristiano a una crisis existencial
Esta nueva naturaleza del Espíritu nunca será la nuestra hasta el día que Cristo venga por nosotros y nos haga completamente nuevos. En ese momento la regeneración será absoluta. Creer que un día llegaremos a ser santos es una
falsedad, solo llevará al cristiano a una crisis existencial. Para muchos la santidad es una crisis. Pero cuando logramos entender que nunca seremos lo que parece que Dios nos pide ser, y aún así él nos tolera, nos ama, nos perdona y permanece fiel, es que hemos logrado entender la santidad. La santificación de un hombre o una mujer se basa en una relación profunda, sincera y constante con Dios, donde la criatura al unirse a un Dios santo va adquiriendo parte de su naturaleza. No podemos presentarle la santidad a Dios en nuestras fuerzas, más bien se la presentamos como un regalo que él nos dio.



